“Rendidos en adoración”
1. Tener un solo maestro
2. Seguimiento inmediato y definitivo
3. Renunciar a los obstáculos
Ø A los lazos familiares
Ø Al plan de vida
Ø A los bienes materiales
Ø A los honores del mundo
Ø A los honores religiosos
4. Llevar la cruz
Si su persona nos convence y decidimos responder a su invitación, para entrar en su escuela existe un procedimiento inevitable: llenar las condiciones del examen de admisión.
Se trata de los prerrequisitos que deben ser cumplidos antes de comenzar el trabajo de formación de un discípulo.
Si no se cuenta con lo elemental, todo lo demás sería como construir sobre arena. Son condiciones necesarias para ser admitido en la escuela de Jesús.
El Evangelio nos narra el triste desenlace de un joven rico, que no fue capaz de pasar el examen de admisión.
Cuando se retiró triste, por no llenar los requisitos, Jesús no disminuyó la cuota de inscripción, ya que se trataba de lo mínimo indispensable que se le exige a todo aquel que decide dejarse formar por el Maestro de Nazaret.
Para ser admitidos a su lado y 'comenzar el proceso de transformación, se necesita llenar un formulario con cuatro bases. Debe quedar muy claro que al llenar estas condiciones no nos convertimos automáticamente en discípulos, sino que apenas somos admitidos a comenzar la carrera. Lo que sucede es que Jesús sólo admite en su escuela a los que reúnen las condiciones que garanticen que tienen con qué terminar la carrera.
A. TENER UN SOLO MAESTRO
Si en la universidad existe un profesor para cada materia, de la misma manera sucede en nuestro mundo: se tiene un maestro para vestir y otro enseña a divertirse; hay pedagogos de la vida sexual, económica y social.
Si por maestro hemos de identificar a todo aquel que pretenda enseñar a vivir, en la Escuela de Jesús, él debe ser el único Maestro de todas las áreas.
La primera condición para quienes le siguen, es renunciar a cualquier otro que pretenda enseñar a vivir de manera diferente.
· El no comparte su cátedra con Buda o Freud. Su doctrina es antagónica, tanto con el marxismo como con el capitalismo.
· Si hay contradicción o diferencia entre lo que él dice con lo que otros afirman, se le debe seguir incondicionalmente a él.
· Se trata de un Maestro exclusivo y excluyente. Sus discípulos no lo aceptan como un maestro más, sino como el único Maestro, aún por encima del mismo Moisés y profetas de Israel. El así lo exigió: Uno solo es su Maestro. Uno solo es su preceptor: Cristo: Mt 23,8.10. Esto no es sino reflejo de la máxima exigencia del Antiguo Testamento: “No tendrás otro Dios fuera de mí, porque Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso”: Ex 20,3.5.
· El discípulo de Cristo no acepta la enseñanza de la propaganda del mundo, ni sigue los criterios de la carne.
· Play Soy no es su maestro ni los patrones de la moda de París o Roma.
· No comparte su autoridad con los qurús orientales, o filosofías contemporáneas: Es más, se opone a muchos maestros de la sociedad y la religión:
- Moisés sugiere odiar al enemigo, pero Jesús ordena amarlo.
- El mundo presenta la felicidad a través del dinero, el poder y el placer, pero Jesús la ofrece mediante las bienaventuranzas.
- New Age propone que el conocimiento reemplaza la fe y 'que todo es bueno, pero Jesús pone el Reino por encima de cualquier otra cosa.
La jerarquía de valores y la aplicación de los criterios de un discípulo han sido establecidas únicamente por Jesucristo.
Los profetas del Antiguo Testamento lucharon permanentemente contra los ídolos que trataban de reemplazar el lugar de Yahveh.
Dios no consentía que su esposa, Israel, fuera infiel, yéndose tras otros maridos. Jesús, por su parte, no admite términos medios.
O frío, o caliente, porque a los tibios los vomita de su boca. (Ap. 3,15-16) La razón es muy clara: el que no está definidamente con él, está en su contra.
Él tiene que ser el único de quien se aprenda y dependa.
No se puede ir de su brazo y al mismo tiempo coquetear con los criterios mundanos, los ídolos o las modas pasajeras.
Que Jesús es el único Maestro, significa que el discípulo no se rige por los criterios de la sociedad, ni por los valores del mundo, sino sólo por la palabra y el ejemplo de su Maestro.
B. SEGUIMIENTO INMEDIATO Y DEFINITIVO
Seguir a Jesús, a diferencia de cualquier otro maestro, es una decisión que no admite espera ni tardanza.
Se hace en cuanto se escucha el llamado. Cuando el profeta Elías tiró su manto frente a Eliseo, significando que lo llamaba para ser su discípulo, Eliseo solicitó regresar a su casa para despedirse de su padre. El profeta de Dios se lo permitió; y hasta después de haber ofrecido el sacrificio de sus bueyes, entró a su servicio (1Re 19,19-21).
Con Jesús, porque se trata de un Maestro especial, es diferente: exige una respuesta sin dilaciones.
No hay que ofrecer ningún sacrificio antes de seguirlo, pues creer en él es la obra más importante que se puede realizar y que vale más que todos los holocaustos de este mundo.
En una ocasión, alguien pidió al Maestro ser admitido entre sus discípulos, pero antes quería despedirse de sus padres. Jesús aclaró: Quien pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás, no es digno del Reino: Lc. 9,62.
En otro momento, otro imploró la gracia de seguirlo después de ir a enterrar a su padre. Jesús tampoco lo consintió.
El Maestro exige el seguimiento instantáneo, dejando el dinero sobre la mesa de impuestos o las redes llenas de peces. De otra manera no se puede ser auténtico discípulo suyo. La razón es muy sencilla: si no se es capaz de seguirlo así, es porque todavía no se le ha valorado debidamente.
El peor enemigo del hombre es la indecisión. Cuando las cosas se dejan para después, se dejan para siempre. Quien quiere dos cosas a la vez, no quiere ninguna en serio. No se puede servir a dos señores. Jesús no admite estar en segundo lugar. Es inflexible en este sentido.
Si no se comienza bien, no se puede llegar a la meta. Si el primer paso es mediocre, no hay ninguna garantía de perseverar hasta el fin en las siguientes pruebas y dificultades.
Por otro lado, se trata de una opción que compromete toda la vida. Si se le sigue, se va con él sin escalas hasta el final. Cuando alguien decide hacer un viaje en avión, sabe que no se podrá bajar a la mitad del vuelo. En el momento que se abrocha el cinturón, está decidido a ir hasta el final y ya no puede cambiar de opinión. Así es la opción por Jesús, perla preciosa. Se es libre para seguirlo, pero una vez decidido, se pierde la libertad de regresar.
Quien opta por Jesús, está abrochándose el cinturón para nunca más volver atrás.
Cuando se entra a la universidad, se programa el número de años que se va a estudiar y se cuenta el tiempo que falta para terminar. En la Escuela de Jesús no sucede así. No se ingresa sólo por una etapa, ni para ciertos días o lugares. Se es discípulo toda la vida. Jesús no admite seguidores de domingo, o para unos años. Así pues, la segunda condición para ser admitido en la Escuela de Jesús, es estar dispuesto a seguirlo inmediatamente y para toda la vida. Quién pone la mano en el arado, no puede volver la vista atrás.
C. RENUNCIAR A LOS OBSTÁCULOS
El seguimiento del Maestro implica necesariamente renunciar a todo cuanto se oponga a esta decisión o la detenga. Por supuesto que no se dejan las cosas por ser malas, sino por cuanto obstaculicen la entrega total al Maestro. En esta línea debemos entender las cuatro renuncias exigidas por Jesús:
a. Renuncia a lazos familiares
Si alguno viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y aún su propia vida, no puede ser mi discípulo: Lc. 14,26.
Aquí Jesús está usando el recurso oriental de exagerar los contrarios, para subrayar la absoluta superioridad del Reino sobre cualquier otra cosa. No se trata de renunciar a la familia porque ésta sea mala, sino en cuanto llegue a constituir un lazo que impide servir con libertad en el Reino.
Cuando ciertas costumbres, tradiciones o presiones familiares nos encadenan, el discípulo opta definidamente por el Maestro.
No se pretende la renuncia a la familia sino en vistas del Reino: se opta por otra familia que no está basada en los lazos de la carne. Cuando los vínculos carnales se conviertan en cadenas, el Reino tiene prioridad. La relación con el Maestro debe estar por encima de cualquier afecto de este mundo.
Ahora bien, esto no significa que debemos abandonar el hogar. Seguir a Jesús por fuga de las responsabilidades, no es válido ni justificable. Se trata de un llamado que exige una renuncia, no para amar menos, sino para amar más. Nada debe limitar el amor de un discípulo.
b. Renuncia al plan de vida
Caminando por la ribera del Mar de Galílea vio a dos hermanos: Simón Pedro y Andrés, echando la red al mar, pues eran pescadores. Les dijo: "Vengan conmigo. Yo los haré pescadores de hombres": Mc 1,17.
Desde ese momento, la barca de Pedro estaba a la disposición de la predicación y para el transporte de la comunidad, y no para uso exclusivo del pescador de Cafarnaúm. Su casa, igualmente, se convirtió en un lugar de descanso y de trabajo del Maestro.
Jesús exige el cambio total en la vida de sus seguidores. El discípulo no dispone ya de sus planes, del tiempo, ni del fruto de su trabajo para su beneficio exclusivo, sino que, al asociarse a Cristo Jesús, se integra a su obra salvífica y ahora sirve a otro. No se trata, pues, de no comprometerse, sino de un cambio de mentalidad.
Lo cierto es que un discípulo ya no labora para sí mismo ni dispone a su capricho de su salario, sino que ha sido invitado a colaborar en la viña del Señor, a pescar en otros mares y administrar bienes que no le pertenecen (1 Cor, 4,2).
Normalmente su lugar de trabajo debe ser el campo donde siembre los criterios y valores evangélicos; pero si las circunstancias o las situaciones fueran antievangélicas o existe una vocación peculiar, se debe estar dispuesto a renunciar a tal actividad. La supremacía del Reino está por encima de cualquier otra cosa en esta vida.
c. Renuncia a los bienes materiales
Entre los obstáculos que más impiden el seguimiento completo de Jesús, está el afán por las cosas de este mundo. Jesús, buen Maestro, previene claramente a sus seguidores, afirmando que no se puede servir a dos amos, pues es imposible atender a Dios y al dinero. Siempre se queda mal ante el Señor. Pocas enseñanzas tan claras han sido tomadas tan a la ligera.
El afán de las riquezas de este mundo, ahoga la semilla de la Palabra y no le permite fructificar, ya que el corazón humano se obstina en las cosas de este mundo, considerándolas como necesarias.
Es más, resulta casi imposible que un rico se salve, a no ser por el poder sin límite de Dios. Por tanto, se tiene que tomar una opción vital: Dios o las riquezas.
El joven rico del Evangelio quería "tener" vida eterna. Para ello bastaba cumplir una serie de preceptos. Mas, para "ser" perfecto, era necesario desprenderse de todo y hacerse pobre para seguir a Jesús.
Desgraciadamente, este joven estaba demasiado apegado y dependiente de sus abundantes bienes.
No aceptó pagar el precio de la inscripción en la escuela del discipulado. A pesar de ser buena persona y fiel cumplidor de todos los mandamientos de la Ley, no era apto para el Reino.
A Jesús no le bastaba que alguien cumpliera la Ley de Moisés. Se necesitaba algo más.
Si Jesús hubiera aceptado a este joven con dichos apegos, no hubiera seducido a Francisco de Asís ni a Teresa de Calcuta. Hubiera perdido a sus mejores seguidores de toda la historia.
El joven no aceptó el reto porque era muy rico El Maestro exige a sus discípulos no amontonar riquezas que el hollín corroe y los ladrones roban. La codicia se opone a la supremacía del Maestro.
Jesús mismo es el modelo: siendo rico, se hizo pobre. No tenía ni dónde reclinar la cabeza. Por eso, sus discípulos deben recorrer el mundo sin equipaje que les coarte la libertad, ni dinero en el que confíen.
Algunos discípulos renunciaron explícitamente a sus bienes materiales (Mateo, Santiago, Juan, Zaqueo, Bernabé).
Otros pusieron sus cosas a la entera disposición del Maestro (la casa de Lázaro, la barca de Pedro, los bienes de las mujeres).
Jesús pide a cada uno de acuerdo a su estado de vida y vocación específica. Lo cierto es que a todo discípulo exige el desprendimiento y nunca depender de las riquezas.
La pobreza evangélica es voluntaria, y de ninguna manera la podemos identificar con aquella que es fruto de la injusticia y del pecado. No se trata de aceptar el ser empobrecido por la ambición de otros, sino optar libremente por vivir sin depender de las cosas de este mundo.
La pobreza, sin embargo, no es un fin, sino un medio que nos libera para vivir más enteramente consagrados al Reino. Debemos tener cuidado de no convertir el medio en fin. No se trata de ser pobre, sino de ser como Jesús, que es pobre.
d. Renuncia a los honores del mundo
Paralelamente a la renuncia del "tener", el discípulo se despoja de los vanos honores que el mundo ofrece como signos de poder o sinónimos de valer.
El discípulo sabe dónde radica su dignidad, y por eso no mendiga glorias transitorias o superfluas. Sabiéndose hijo del Rey, no finca su valer en funciones como líder, superior o gerente. Sólo quien no se reconoce hijo de Dios, presume títulos menos valiosos.
Cuando Heraclio, rey de Jerusalén, quiso entrar en la ciudad santa cargando la cruz de Jesús, no pudo. Sus pies se pegaron al piso y le fue totalmente imposible dar un solo paso. Hasta que se despojó de su corona y los ricos ornatos reales, y se vistió sencillamente, pudo cargar la cruz de Jesús.
Aquí la historia:
Cuando los romanos invadieron y destruyeron Jerusalén en el año 70, la Santa Cruz se perdió; Con la ayuda de Santa Elena, la Santa Cruz se encontró, y el 14 de Septiembre de 335 se consagraron dos Basílicas, una de ellas en honor de la Pasión de Nuestro Señor y en el mismo lugar del Calvario; y en esta Basílica, dentro de un cofre de plata, fue colocada la Santa Cruz.
Pero el año 625, Cosroes II, rey de los persas, invadió Jerusalén y se llevó la Santa Cruz a Persia.14 años después, el rey Heraclio venció a los persas y recuperó el precioso tesoro de la Santa Cruz. Él la llevó triunfalmente a Constantinopla y después a Jerusalén. El patriarca de Jerusalén, Zacarías, pudo constatar que los candados del cofre habían sido respetados por los reyes de Persia; Abrió el cofre, adoró la Santa Cruz y la mostró a la gente.
En esa ocasión se produjeron muchas curaciones milagrosas.
Entonces, el mismo emperador Heraclio quiso llevar la Cruz en sus hombros, todo el camino del Calvario, como la llevó Nuestro Señor, hasta colocarla en la Basílica del monte Calvario. Él estaba vestido con toda la majestad de un rey, con ropas de oro y piedras preciosas. Al tomarla sobre sus hombros y tratar de avanzar, se dio cuenta que a medida que avanzaba una fuerza misteriosa lo detenía. Entonces, el patriarca Zacarías le dijo: “Vea, Señor emperador, es que todo ese lujo de vestidos que lleva, están en desacuerdo con el aspecto humilde y doloroso de Cristo, cuando iba cargando la Cruz por estas calles”. Entonces, el emperador se despojó de su manto de lujo, de su corona de oro y de sus zapatos lujosos, y se revistió de una vestimenta humilde; Entonces tomó la Cruz y pudo recorrer así las calles hasta colocar la Santa Cruz en el lugar del Calvario.
Quien no renuncia a los vanos honores del mundo, no puede seguir las huellas de Jesús de Nazaret.
e. Renuncia a los honores religiosos
El oropel mundano es más peligroso cuando se disfraza de privilegios eclesiásticos, títulos honoríficos y autoridad ejercida no con actitud de servicio, sino de superioridad.
Los honores eclesiásticos son los más peligrosos, pues debajo de la piel de oveja se esconde una trampa mortal.
Las ventajas que ofrece la estructura eclesiástica son muy riesgosas, ya que muchas de ellas son antievangélicas.
Santiago y Juan pretendieron merecer ciertas prerrogativas celestiales: sentarse a diestra y siniestra del Rey universal. Cayeron en la tentación de aprovecharse de su función eclesiástica, para estar por encima de todos los demás.
Hay quienes por el plato de lentejas de los privilegios eclesiásticos, sacrifican la herencia del Evangelio.
Existen títulos que no corresponden a ningún servicio a la comunidad, sino que simplemente sustituyen a los privilegios nobiliarios de la Edad Media. ¿Podríamos descubrir algunos títulos eclesiásticos que no existen en el vocabulario del Evangelio? Si Jesús un día no aceptó que un joven lo llamara "bueno", ¿qué pasaría si hoy día alguien lo llamara Superior General, Superintendente, Supernumerario, Su Excelencia Reverendísima?
D. LLEVAR LA CRUZ
El que no tome su cruz y me siga, no puede ser mi discípulo: Lc 14,27.
En la antigüedad, "llevar la cruz" era sinónimo de estar condenado a muerte. Por tanto, en la mentalidad de Jesús, implicaba estar dispuesto a entregar la vida. Es necesario morir a sí mismo, para poder ser discípulo de Jesús. De otra manera, es vana ilusión considerarse uno de los suyos.
Seguirlo para abrillantar el prestigio personal, mejorar la reputación, adquirir mayores ventajas económicas, ascender en la escala social o jerárquica, es lo más antievangélico que se pueda concebir. Por el contrario, el Maestro exige la renuncia de todo esto para entrar en el camino del discipulado. Así como no podemos servir a Dios y al dinero, tampoco es posible ser de Jesús sin negamos a nosotros mismos.
Por tanto, es absolutamente indispensable la disponibilidad en favor de los demás, especialmente los más necesitados, dispuestos a correr el mismo destino del Siervo de Yahveh que ofrenda la vida en favor de otros.
Morir a nosotros significa ya no vivir para nosotros mismos, ni buscar ninguna ventaja de tipo personal, sino estar a disposición del Reino y sus intereses.
Conclusión
Estos cuatro presupuestos no nos hacen discípulos; son simplemente la~ condiciones para ingresar al sistema del discipulado.
Sin ellos, ni siquiera somos admitidos al lado del Maestro, pues él perdería lastimosamente su tiempo con quien no cumpliera estos prerrequisitos fundamentales.
Cuando Jesús determina la cuota de inscripción en su Escuela, nos ofrece un ejemplo muy iluminador:
Prevean las cosas antes de iniciarlas.
No sea que les suceda como aquel hombre que comenzó a construir una torre y, por no calcular bien su presupuesto, se quedó a la mitad de la obra, siendo motivo de risa y burla de todos cuantos pasaban por enfrente.
Si no tienen con qué terminar, más vale ni comenzar, pues sería peor.
Si ni siquiera son capaces de pagar la cuota de inscripción que son estas cuatro condiciones para ingresar, mucho menos podría después con las demás exigencias.
Así como para entrar a la universidad se hace una serie de exámenes, aquí encontramos las cuatro pruebas para ser aceptados en la Escuela de Jesús.
Lo bueno de este examen, o tal vez lo malo, es que se nos dan las preguntas de antemano para que las contestemos, no con palabras, sino con hechos.